I
Así fue que vine al mundo
en un día de invierno
sin más ni más.
En la maternidad de la ciudad
de los atardeceres de oro. La ciudad del poeta.
La del secreto, la que guardó silencio
en los días tristes
de la pérdida.
La que fue la llave y la puerta.
Y aunque poco tiempo
tardé en salir de ella,
aún recuerdo su grandeza.
II
Poco a poco, se fue forjando
mi vida al mundo
y empecé a soñar que vivía.
Hallé mi ser en el centro
de la geografía andaluza.
Quiso el destino, que toda ella,
me rodeara.
Y con la visión
que tal coordenada
me ofrecía,
crecí como los demás,
sin más ni más.
Más tarde, pude comprender
de que materia
estaba hecho el mundo,
luego, amé la Naturaleza
y odié al hombre para siempre.
Busqué el sentido de las cosas.
III
Por las tardes, solía ver
desde mi balcón la ciudad.
Aguardaba en silencio, esperaba
que el aire me trajera noticias.
Y allí estaba nevado el Torcal
a un lado.
Y aquella peña enamorada.
A otro,
aquél castillo mozárabe
de nombre misterioso
con su colina erguida.
Y por aquí y por allá
sobre todos los tejados,
sobre todas las miradas,
todas esas torres eternas de iglesias
que en mi pueblo,
eran casi innumerables.
En las tardes frías de invierno
no muchas cosas me decía el viento.
IV
Sin más ni más.
Así llegaron miles de ellos
en los días sucesivos.
Vuelos estrepitosos: de vértigo,
de suspiro. Así recorrieron las calles
mientras los observé.
Las bandadas de hermanos,
se acercaron susurrantes
a mis oídos de barro.
Entonces, les sonreí y me hablaron.
Y me dijeron, de noticias del sur
que se borran con el viento.
Y me hablaron, de los días de luz
que se pierden con el tiempo.
Pero llegaron como tú y como yo...
y un día se fueron, sin más ni más.
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